No es la humanidad.
Es una forma de humanidad
Lo que arde es esa máquina que confunde vida con crecimiento.
Algunxs lo llama Capitaloceno:
la era en la que el capital se volvió geología,
en la que el mercado empezó a modelar montañas,
ríos,
climas.
Vivimos como si no dependiéramos del suelo,
como si el aire fuera infinito,
como si el petróleo no fuera memoria fósil del sol.
Hemos olvidado que somos frágiles.
Que estamos tejidos a lo que respira.
El ser humano contemporáneo
—dice Jorge Riechmann—
es un huérfano que ha roto la casa
y aún cree que puede ampliarla.
Pero la Tierra no es almacén.
No es cantera.
No es vertedero.
Es comunidad de lo vivo.
La salida no es una máquina más perfecta.
Es aprender el límite.
Es practicar la contención.
Es volver a la medida.
Habitar no como dueños,
sino como huéspedes.
Tal vez —solo tal vez—
reconocernos en la vulnerabilidad compartida
sea el comienzo de otra historia.
